19-01-2009
El día en Buenos Aires amaneció húmedo, como de costumbre, y cargado de una tempestad rara. ¿Será a propósito? Me pregunto. Espero que allá en Barcelona el aire esté mejor y el sol sea refugio suficiente para tu soledad, esa que elegiste llevar con vos más allá de esta ciudad, más allá de mí, de todos nosotros.
Hace una semana que te fuiste y recién ahora puedo sentarme a escribir unas palabras que, temo, serán sólo muestras de ideas, desordenadas piezas de lenguaje que hasta es posible no tengan que ver con mis pensamientos reales. De todos modos, supongo que entenderás que después de lo que me dijiste horas antes de tu partida, no puede mi inteligencia hacer algo mucho mejor que esto.
Podría decirte que te extraño, que te pienso incansable, primitivamente. Pero no sería del todo sincera. Y no porque no estés rebotando en mí -sonoro espacio de ecos-, sino porque entiendo que el amor que siento por vos sólo me permite desear tus deseos y me impide la carcanía –ni remota siquiera- a una pendencia de posesión.
Te pido disculpas, si cabe, pero todavía no puedo, no me sale. Sí hay algo que me perturba: entender por qué lo hiciste. Así, de esa forma, antes de partir. Por qué después de tantos años de tener guardado el secreto, elegiste ese momento para hablar. Me duele creer que no te importé, que sólo buscaste liberarte del peso sin pensar en que sería yo quien, luego, se quedaría cargando el saber. Pero no puedo pensar así. No quiero, más bien, y por eso te pido que me ayudes con alguna palabra.
Te dejo un abrazo desde la espalda y un beso en la frente,
No olvides que te amo, a pesar de esto. Tal vez contra todo.
Yo.